A Sonia La Mur le gusta enredar en dos mundos opuestos. Por un lado un mundo caprichoso dominado por la sensualidad y los valores seguros, lleno de tópicos que nuestra identidad reconoce automáticamente. Por otro lado un mundo incierto, entre la duda y la improvisación, haciendo equilibrios para que la destrucción no lo borre todo de la memoria. En su papel protagonista Sonia es víctima y castigadora, sierva y dominadora, convirtiendo en un juego de placer y dolor la propia existencia.

 

Pudiera entenderse un sentido político y social en todo esto, aunque sólo sea por lo de la erótica del poder. Pero Sonia ya nos advierte: “La política me suena a gente que no es capaz de llorar por nada.” Y a Sonia le gusta llorar, más de placer que de sufrimiento eso sí. Pero no podría renunciar a sentir por acatar la disciplina de unas ideas. Sonia La Mur nació para escapar del cerco de un arte ensimismado y quiere hacer prevalecer la realidad frente a conceptos preestablecidos. Ella no busca hacer arte de la realidad. Sonia La Mur hace realidad el arte.

 

Daniel Casagrande